Nadie escapa del sufrimiento en esta vida; nadie está exento de una pena: tragedia, pérdida, enfermedad o muerte. Sin embargo, poca atención le ponemos a este ineludible proceso vital hasta que, súbitamente, lo enfrentamos en lo personal. Sabemos que, a menudo, las tragedias y el sufrimiento nos provocan confusión, tristeza, ira, horror o amargura, pero ponemos poca atención al aprendizaje y renacimiento asociados. La Biblia nos enseña que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza (Romanos 5: 3-4).
Francis Weller propone cuatro umbrales o puertas que nos ofrece una pena. El primero y más socorrido consiste en confrontar la pérdida de una persona que amamos. No obstante, nuestro error es pensar que la perdimos, no que encontramos otra forma de amarla y muchas maneras alternas de que viva en nosotros. La pena de esta pérdida se puede transformar entonces en una experiencia emocional, propositiva, saludable, infinita y eterna.
Un segundo umbral lo enfrentamos al encontrarnos en lugares y momentos que nunca vivimos ni experimentamos; en lo que pudo haber sido y no fue. Constituyen una pena adicional por el vacío que provoca edificar eventos que nunca sucedieron en lugares que nunca visitamos. Sin embargo, es entonces cuando la fantasía de lo inexplorado nos conduce a un mundo ideal sin trances ni añoranzas. Aquello que se nos negó está ahora presente, y el limite es tan solo la imaginación.
De lo individual a lo ajeno y colectivo transita nuestra pena hacia un tercer umbral. No olvidemos que somos eminentemente gregarios y como el poeta nos enseñó, cuando doblan las campanas están doblando por ti. En ese momento, superando las penas muy nuestras, somos capaces de adoptar genuinamente las penas de otros. De esta manera la enfermedad de un amigo, los problemas de los hijos, los atentados terroristas o las afectaciones a nuestro hábitat, se vuelven más nuestras, porque somos fundamentalmente más sensibles por las penas que hemos experimentado en el pasado en lo personal.
Finalmente, un cuarto umbral lo constituyen las penas y sufrimientos que no conocemos ni hemos experimentado; que no anticipamos y que aparentemente no se encuentran en nuestra agenda. Para esto, las fortalezas y atributos que adquirimos en previos umbrales nos proveen las virtudes para prepararnos a lo desconocido y tal vez ineludible; desarrollamos una relación espiritual con el Cosmos para seguir adelante por toda la eternidad.
Hoy hace ocho años nos dejó la compañera de mi vida; desde entonces inicié una experiencia emocional sin límites. Durante este tiempo he rencontrado lugares, momentos y personas con una perspectiva de paz y fascinación incomparables; inclusive aquellos que nunca vivimos en pareja. Hoy soy capaz de comprender los sufrimientos ajenos con mayor intensidad; todo esto me ha permitido estar listo para un reencuentro con Dios, para apegarme humildemente a sus enseñanzas y designios.
Humano y sensible. Gracias por compartir, Pepe.
Un afectuosos abrazo.
Rodrigo
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Ni una palabra desperdiciada. Me encantó. Tu no me conoces, pero soy compañera y amiga de Elvira. Te felicito, se ve que salen de la experiencia y del corazón!!!!
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Hola Pepe,, a 2 años de la partida de Virus,a la presencia de Dios,a una Vida Eterna,, ,,,,,!!!!!como las experiencias de la vida,forjan el carácter,y la sensibilidad al dolor ajeno! Y nos lleva a la búsqueda del amor y dependencia de Jesucristo,en todas las áreas de nuestra vida!, El,que nos creó,y formó, y padeció y dio Su vida,por cada uno de nosotros!,
Felicidades por tu libro,,un fuerte abrazo
Dolores
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