Información publicada por la Organización de las Naciones Unidas indica que cada día del año mueren más de 18 mil niños menores a los cinco años de edad, por causa de verdugos silenciosos tales como: el hambre, la pobreza, enfermedades controlables y otras causas relacionadas. No obstante, a pesar de la magnitud de esta tragedia global y continua, rara vez aparecen titulares periodísticos abordando el tema. Para darnos una idea, dichas muertes infantiles equivalen a que ocurra un Tsunami asiático o un terremoto como el de Haití cada dos semanas. Sin embargo, estas dos catástrofes en lo individual si ocuparon la atención y apoyo de todo el mundo por varios meses en el 2004 y el 2010, respectivamente. ¿En qué momento perdimos la capacidad de asombro por la desdicha humana? ¿Cuándo perdimos la habilidad para confrontar lo que sucede a nuestro alrededor?
Nuestra forma de confrontar y construir el cambio constituye al final del día un fenómeno de aprendizaje. Esto consiste en aprender de las personas, de los acontecimientos emergentes, de los intereses propios y ajenos, así como de los ajustes sociales, políticos y ambientales. En suma, afrontar y dirigir los cambios de una manera constructiva y responsable tiene que ver con aprender a transitar de nuestros actuales Egosistemas hacia unos Ecosistemas deseables y necesarios.
La meta es construir Ecosistemas reales en donde los individuos actuemos con una mentalidad que conduzca a pensar con el corazón, y no solo con la cabeza. Se trata de un escenario en el cual las corporaciones busquen construir un “triple estado de resultados” orientado paralelamente hacia la rentabilidad, reciprocidad y responsabilidad (profit, people and planet).
No obstante, las preguntas prevalecen: ¿Por qué insistimos en crear colectivamente un mundo que nadie ambicionamos? ¿Por qué no modificamos de raíz nuestras conductas, hábitos y actitudes? Todo esto, a pesar de que estamos al tanto que somos el modelo y ejemplo para las generaciones emergentes.
La respuesta no está soplando en el viento, como afirma Bob Dylan, sino en buena parte en los propósitos y mensajes de los líderes empresariales, académicos, políticos, espirituales y de la comunicación masiva. En efecto, también la respuesta reside en todos y cada uno de nosotros quienes seguimos asombrándonos ante los titulares de un accidente automotriz de 15 vehículos sin que nos sacuda el infortunio de algún pueblo al sur de nuestro país que tiene varias décadas sufriendo de un abandono por parte de la sociedad.
En justicia, es importante reconocer que la mortandad infantil en el mundo ha disminuido sensiblemente en los últimos cinco años, y que presenciamos en el día con día cientos de acciones efectivas conducentes a crear un mundo más sustentable. Mientras algunos de nosotros no somos todavía sensibles a los mensajes contundentes de los cambios graduales – de las transiciones – cada vez más algunos privilegiados individuos, organizaciones e instituciones si están coadyuvando a edificar ese mundo que queremos que disfruten las siguientes generaciones.