ALMA MATER

Desde el año 1088 la Universidad de Bolonia ha ostentado el nombre de Alma mater studiorum, esto es, “la madre que nutre de saberes”, romántico apelativo, pero fundamentalmente correcto. La primera universidad del mundo occidental nace en esa época como resultado de una agrupación de docentes y estudiantes de escuelas municipales existentes, por un mandato real para que “la investigación se desarrollara independiente de todo otro poder” y buscando que también la clase media y baja pudiera tener educación. Años después se fundan, entre otras, Oxford, Cambridge,  Salamanca y Notre Dame.

El común denominador de estas instituciones de educación superior europeas es su excelente calidad educativa e investigación de vanguardia. Siglos después de fundadas siguen siendo “la madre que nutre de saberes”, porque fueron creadas por pensadores y crean buenos pensadores. ¿Son nuestras universidades mexicanas un reflejo de estas instituciones centenarias?

Tradicionalmente las universidades han sido las intermediarias por excelencia entre el conocimiento y el aprendiz, pero la globalización y la tecnología están presentando un posible replanteamiento del rol de estas instituciones. A esto le agregamos la  competencia sin precedentes debido a la cual se están redefiniendo como negocios, muchas veces con el riesgo de perder su propósito esencial. De hecho, la universidad está siendo objeto de una serie de cuestionamientos, mismos que van a provocar su transformación en mayor o menor escala.

Lo que si perdura es la expectativa de que la universidad garantice de alguna forma que los conocimientos adquiridos por los estudiantes contribuyan significativamente a la sociedad. Nuestras instituciones de educación superior no deben de perder de vista este propósito; de otra manera no deben ostentarse como tales.

Las universidades nacionales no están exentas de la obligación de poner en contacto al aprendiz con los mejores recursos a su alcance, formarlos en valores, así como facilitar el aprendizaje por parte de sus colegas y sus maestros. Sin embargo, su origen histórico o el prestigio adquirido en el pasado no descalifican ni aseguran de entrada su calidad.

El estudiante del medievo buscaba una institución que lo nutriera de conocimientos, una Alma Mater; el estudiante actual en nuestro México, merece no sólo este ambiente de aprendizaje, sino que su universidad sea el motor de transformación individual y social. La sociedad civil fuerte y estable que demanda la nueva economía, depende a su vez de instituciones sociales perdurables  fundamentadas en hábitos y costumbres, nutridas por la conciencia y respeto a la cultura.

APRENDIZAJE E INTERMEDIACIÓN

En la novela victoriana que lleva su nombre, Trilby O´Ferral se convierte milagrosamente en la mejor cantante lírica del mundo, trascendiendo su fama de su natal Paris. No obstante, la joven alegre, bondadosa y cautivadora era incapaz de cantar sin desafinar antes de caer en el trance hipnótico del malvado Svengali. ¿Requerimos de un mentor, guía o maestro para dominar una competencia, como el personaje de George Du Maurier? ¿Es indispensable un intermediario entre el individuo y el conocimiento?

Es importante sin duda hacer una clara distinción entre los conceptos de conocimiento y aprendizaje respecto al significado de información. A  diferencia de la información, el conocimiento ordinariamente presupone un “conocedor” asociado a dicho conocimiento. Así mismo, el conocimiento es más difícil de adquirir y transferir; por ende, no es fácil de asimilar. De esta manera, el conocimiento reside en los individuos, mientras la información puede residir en bases de datos.  Debido a que adquirir conocimientos prácticos implica  desarrollar una disposición y una actitud para aprender, así como formar parte de una comunidad asociada a lo aprendido, el aprendizaje se da fundamentalmente dentro de un contexto social. Esto es, necesitamos de otros para aprender, así como otros necesitan de nosotros.

Los individuos si necesitamos intermediarios para aprender: la información que circula a través de la Internet simplemente transita de un lugar a otro o de una persona a otra. No obstante, las publicaciones formales, físicas o digitales, reflejan los conceptos, las ideas, las experiencias; son el resultado de configurar la información y el conocimiento; de la reflexión y del análisis. Estos documentos tradicionales están expresamente acreditados por una institución,  editor y autor visibles que los respaldan. Estos intermediarios son los “svengalis” que la modernidad sigue requiriendo.

LA RESPUESTA NO ESTÁ EN EL VIENTO

Información publicada por la Organización de las Naciones Unidas indica que cada día del año mueren más de 18 mil niños menores a los cinco años de edad, por causa de verdugos silenciosos tales como: el hambre, la pobreza, enfermedades controlables y otras causas relacionadas. No obstante, a pesar de la magnitud de esta tragedia global y continua, rara vez aparecen titulares periodísticos abordando el tema. Para darnos una idea, dichas muertes infantiles equivalen a que ocurra un Tsunami asiático o un terremoto como el de Haití cada  dos semanas. Sin embargo, estas dos catástrofes en lo individual si ocuparon la atención y apoyo de todo el mundo por varios meses en el 2004 y el 2010, respectivamente. ¿En qué momento perdimos la capacidad de asombro por la desdicha humana? ¿Cuándo perdimos la habilidad para confrontar lo que sucede a nuestro alrededor?

Nuestra forma de confrontar y construir el cambio constituye al final del día un fenómeno de aprendizaje. Esto consiste en aprender de las personas, de los acontecimientos emergentes, de los intereses propios y ajenos, así como de los ajustes sociales, políticos y ambientales. En suma, afrontar y dirigir los cambios de una manera constructiva y responsable tiene que ver con aprender a transitar de nuestros actuales Egosistemas hacia unos Ecosistemas deseables y necesarios.

La meta es construir Ecosistemas reales en donde los individuos actuemos con una mentalidad que conduzca a pensar con el corazón, y no solo con la cabeza. Se trata de un escenario en el cual las  corporaciones busquen construir un “triple estado de resultados” orientado paralelamente hacia la rentabilidad, reciprocidad y responsabilidad (profit, people and planet).

No obstante, las preguntas prevalecen: ¿Por qué insistimos en crear colectivamente un mundo que nadie ambicionamos? ¿Por qué no modificamos de raíz nuestras conductas, hábitos y actitudes? Todo esto, a pesar de que estamos al tanto que somos el modelo y ejemplo para las generaciones emergentes.

La respuesta no está soplando en el viento, como afirma Bob Dylan, sino en buena parte en los propósitos y mensajes de los líderes empresariales, académicos, políticos, espirituales y de la comunicación masiva. En efecto, también la respuesta reside en todos y cada uno de nosotros quienes seguimos asombrándonos ante los titulares de un accidente automotriz de 15 vehículos sin que nos sacuda el infortunio de algún pueblo al sur de nuestro país que tiene varias décadas sufriendo de un abandono por parte de la sociedad.

En justicia, es importante reconocer que la mortandad infantil en el mundo ha disminuido sensiblemente en los últimos cinco años, y que presenciamos en el día con día cientos de acciones efectivas conducentes a crear un mundo más sustentable. Mientras algunos de nosotros no somos todavía sensibles a los mensajes contundentes de los cambios graduales – de las transiciones –  cada vez más algunos privilegiados individuos, organizaciones e instituciones si están coadyuvando a edificar ese mundo  que queremos que disfruten las siguientes generaciones.