Este agosto, presuntamente mes del adulto mayor, más de 35 mil mexicanos cumplieron 65 años, sumándose a los 9.1 millones que ya estamos en el segmento de adultos de esta edad o mayores; cerca del 8.2% de la población.
El envejecimiento de nuestro país es posiblemente el cambio demográfico más dramático de este siglo. ¿Por qué inquieta esta transición al gobierno y otros grupos de interés? En buena parte porque una estructura poblacional vieja presupone un incremento del grado de dependencia y cuidado de muchas personas, con un impacto social y económico significativo. Un país envejecido, desde la perspectiva tradicional, es más problemático y costoso.
Ingrid Bergman, en los albores de su vejez afirmaba que envejecer es como escalar una gran montaña: por un momento perdemos el aliento, pero el panorama que podemos disfrutar es grandioso, la perspectiva más amplia, más tranquila. Sus palabras indican que envejecer no es un factor social, sino un fenómeno mas bien personal, individual, único.
Desde el punto de vista de la Gerotrascendencia, ciencia que le ha dado una nueva perspectiva a vivir la adultez tardía, superar los aparentes inconvenientes del envejecimiento está en manos de cada uno de nosotros: si seguimos esforzándonos en comprender y vivir intensamente el mundo que habitamos contaremos con una fuerza interior para coexistir más y mejor, sin convertirnos en carga para nadie. Al mantenernos física, social, emocional e intelectualmente activos, no dejaremos espacio para la autocompasión, la decadencia y la senectud prematura.
Es imperativo superar las perspectivas clásicas que pretenden asociar el envejecimiento solamente con: limitaciones y enfermedades tanto físicas como mentales; disminución de la capacidad para socializar e interactuar; desprendimiento patológico de cosas y personas; discontinuidad en nuestros estilos de vida; confinación en un miserable y sombrío rincón de la sociedad. Debemos interiorizar que, al final del día, los principios de alto desempeño, productividad, efectividad e independencia del individuo prevalecen, pero en una forma diferente.
El proceso y consideraciones para convertirnos en personas “gerotrascendentes” incluyen emular las actitudes y conductas de aquellos que han encontrado el significado y la sabiduría del adulto mayor: evadir la vida solitaria, pero ser muy selectivos en cuanto a nuestras relaciones sociales; fortalecer nuestros sentimientos, interés y curiosidad respecto a generaciones anteriores; minimizar las interacciones sociales innecesarias o superficiales; cuidar nuestro cuerpo y apariencia sin obsesionarnos al respecto; disminuir nuestra inclinación por lo material dándonos tiempo para meditar; procurarnos espacio personal y permitirnos momentos de soledad positiva; darnos permiso para redefinir el tiempo, el espacio, la vida y la muerte.
Para Lars Tornstam, pionero del envejecimiento positivo, comprender los principios y alcance de la Gerotrascendencia es como recurrir a un nuevo par de lentes que nos permite ver el mundo de manera diferente; así como ayudar a edificarlo aún más atractivo de cómo lo encontramos. Si esto significa vivir más y mejor, ¿Vale la pena el cambio?