Afirman que la subordinación física que antaño obligaba a un individuo a estar presente en un lugar y tiempo determinado para estar verdaderamente a disposición de su patrón, hoy, debido a la tecnología, no adquiere esta importancia, favoreciendo al trabajador y a su empleador. No obstante, no todos aceptan a la tecnología como la panacea del mundo del trabajo.
En 1779, al borde de la locura, el asalariado inglés Ned Ludd destruyó la maquinaria de su fábrica por temor a perder su empleo. Treinta años después, una banda de trabajadores inició un movimiento violento al norte de Inglaterra en contra de la incipiente mecanización industrial: los Luddities. Actualmente, el Neo-Luddism es una ideología que promueve una resistencia pasiva al consumismo de las tecnologías bizarras y atemorizantes, fruto de la Era de la Computación.
La tecnología si ha traído grandes beneficios a la humanidad: investigaciones indican que un litro de gasolina utilizado en un automóvil equivale a la energía de 10 días de trabajo humano. En los mismos términos, la energía de derivados de petróleo que se consume en los Estados Unidos en un día es equivalente al trabajo humano requerido para construir 100 pirámides de Keops. ¿Qué podemos esperar del impresionante poder de las tecnologías digitales potenciando el trabajo físico y la energía intelectual del hombre?
Diversos autores, teorías y aún escuelas del pensamiento persisten en nuestros días, dogmatizando un efecto irremediable e incremental de la mecanización, automatización, robotización y computación dada la evidente intrusión de la tecnología, particularmente en el ámbito laboral. Estos Neo-Luddities consideran que la capacidad de una tecnología de resolver problemas conlleva potencialmente a crear mayores problemas y más peligrosos.
Efectivamente la tecnología trae beneficios y retos que superar, en particular en el contexto de trabajo. Leopoldo J. López Rodriguez, autonombrado “laborólogo” mexicano afirma que estamos enfrentando una crisis temporal, espacial y estructural del empleo. En cuanto a lo temporal, la gente de la antigüedad, por abuso y por fatiga, vivía hasta que se acababa, mientras que ahora espera vivir hasta que se le presente un ataque cardíaco, una embolia o sea víctima del estrés laboral. En lo que atañe a una crisis espacial del trabajo, el hecho de tener que laborar en un lugar determinado, dígase una planta productiva, es cuestionado por contar ahora con nuevas fórmulas y posibilidades de trabajo en casa o trabajo a distancia. Finamente, la crisis estructural se asocia a redes emergentes productivas, comerciales o de servicio.
Para algunos de nosotros, las actitudes y conductas en contra de la tecnología se ubican más en el plano personal que en el colectivo: está en cada uno decidir utilizar o no agua caliente o luz eléctrica, desechar su teléfono inteligente, caminar al trabajo, salirse de Facebook o simplemente aborrecer a su computadora personal. ¿Estamos dispuestos a estos sacrificios?