Se afirma que las personas llegamos al mundo con un bagaje delimitado y maleable; en seguida nos educan para ajustarnos y poder desempeñar en sociedad. El mensaje y resultados es: o te acoplas o fracasas.
Sobre esta base, un sistema educativo que no reconoce que aprender es una experiencia individual basada en preferencias de aprendizaje distintivas, potencial de cada persona y requerimientos únicos de tiempo, se convierte en un ejercicio que limita el desarrollo y fomenta el conformismo.
Como ilustración, sabemos que el 2.28% de la población mundial es superdotada, y en México tres de cada cien personas ostenta esta capacidad. Más de 760 mil educandos tienen muy alta capacidad intelectual, pero solo una fracción es atendida de manera adecuada. Se afirma también que entre 15 y 20 por ciento de niños pueden tener habilidades superiores, pero requieren que se les maneje adecuadamente. El sistema educativo y los profesionales de la educación se encuentran entonces con dos retos: cómo identificar el talento sobresaliente y cómo intervenir para desarrollarlo. ¿Afecta este fenómeno el equilibrio de nuestra sociedad?
En buena parte el equilibrio social se basa en el autoconocimiento: al comprender lo que somos y podemos hacer nos permite conocer y entender a otros, y esta empatía conduce a aceptar las diferencias individuales. Así mismo, el autoconocimiento facilita el autoaprendizaje y la posibilidad de explotar adecuadamente nuestro potencial… de convertirnos en genios.
En el sentido amplio, un genio es un individuo con una habilidad creativa extraordinaria, un talento excepcional y competencias sobresalientes en una determinada disciplina o campo del conocimiento. ¿Somos todos genios de alguna manera? Por supuesto que sí, dado que esta definición indica que todas las personas llegamos al punto de no requerir reglas ni referencias, y de convertirnos en proveedores de soluciones acertadas y espontáneas acerca de algo. Además, en la medida que dominamos una disciplina, nos percatamos que algunos supuestos expertos realmente no lo son: el desarrollo personal basado en el autoaprendizaje nos lleva a las fronteras del conocimiento y a la posibilidad de superarlo.
Ramón de la Peña me señala que, de forma innata o por vivencias y experiencias, todos los individuos poseen talentos distintivos y es necesario detectarlos, para posteriormente desarrollarlos de modo puntual y selectivo. De esta manera, interpreto que los talentos individuales son la plataforma de las competencias afines a nuestro potencial, y el andamiaje de los roles que podemos jugar en el trabajo y en la vida.
Más aún, si adoptamos una disciplina de aprender por cuenta propia, delimitada por el conocimiento de nuestro potencial – nuestros talentos – con una actitud de aprendizaje permanente, habremos iniciado el viaje hacia la genialidad.