Se dice que es posible destruir a una persona con palabras, miradas, sobrentendidos: eso es el acoso moral… se alimenta de pequeños ataques repetidos, a menudo tienen lugar cuando no hay testigos, a veces son no verbales o son ambiguos, sujetos a una doble interpretación.
El bullying o acoso escolar ha sido un tema recurrente abordado por medios y autoridades, estudiado por académicos y especialistas, aborrecido por la comunidad en general. La versión laboral del acoso moral se conoce también por un anglicismo: mobbing.
La Organización Mundial de La Salud define mobbing como una situación de violencia o acoso recurrente dirigida hacia una persona con el objetivo de aislarlo de un grupo laboral; se caracteriza por conductas crueles y hostiles que se convierten en una tortura psicológica para la víctima.
Por una parte, los preceptos legal-laborales en México exigen respeto para la dignidad y libertades de todo aquel quien proporciona un servicio, así como de quien lo recibe. Por otra, el acoso laboral es una grave patología organizacional que debe ser estudiada y conocida por los psicólogos laborales y clínicos: evitar que el diagnóstico y las manifestaciones sean interpretadas en términos estrés, ansiedad o depresión pasando por alto los aspectos situacionales que los ocasiona.
Lamentablemente la primera imagen que nos viene a la mente al hablar de acosos moral es la del abuso generado por niños o jóvenes atacando a alguien más débil; sin embargo, ocurre este tipo de agresión, también en las empresas y grandes consorcios. Al igual que en las escuelas la patología del abusador está fincada en reconocer y capitalizar el miedo para así mantener el poder, mostrarse aparentemente seguros, confiados y superiores a todos los demás. Estas personas buscan a otras que parezcan pasivas, dóciles o vulnerables.
Sin ser un problema sencillo y de ninguna manera agotado, los especialistas sugieren que en ambos contextos una fórmula similar: trasmitir el problema a alguien de confianza, buscar testigos y confrontar al acusador.